Los felices son los que celebran,
los que abrazan; los que no saben
de la hora del adiós.
Esos que besan y caminan
uno al lado del otro, y buscan
la carcajada y la entienden
y sueñan y sonríen.
Los felices regresan de las fiestas.
No saben o ignoran la copa rota,
la carencia de un brindis
o el vaso falaz de la nostalgia.
Viven del presupuesto, de miradas
de confianza, de otras manos
y la algarabía.
Un dios les pertenece, les señala
el día próximo y duermen
en el estrecho manto del cariño.
Los felices no entienden nudos
en el estomago; cicatrices en el alma,
ni billeteras en aprietos
o caminatas al ritmo de la ausencia.
Son neófitos en derrotas, y emails sin respuestas;
nada saben del llanto, de las partidas,
la negación en el móvil; del repetir:
“Ya no/ya no será”
Los felices no temen a las promesas,
a las sombras del ayer;
al espacio vacío en la cama,
al casual y desagradable encuentro que sucede
en los metros con quien aún asesina el porvenir.
Ellos se saben eternos de alegría,
no invocan al olvido,
y niegan el hasta nunca;
creen en la rutina, la master card,
y los cajeros;
ellos saben
regresar de la noche, volver
al desayuno cada mañana,
y no les duele fin de mes,
ni tu abandono.
Los felices bailan, invocan
la distracción, un par de sour
y el lado izquierdo del menú;
avanzan sobre cuatro ruedas,
no le es necesario enumerar
los cigarrillos, ni los días que pasan
sin tu cuerpo en mis ruinas.
No necesitan negar tactos
del ayer; claudicar juramentos,
ser el canalla de ciertas historias,
no le es necesario saberse perdido
en las calles donde ella no volverá.
Los felices son la escena que observo
desde la ventana cuando regresan
de las fiestas, y tú ya no estás
aquí donde haces tanta falta,
y el insomnio duele; pero duele
mucho más verte allí con ellos.